Una visita a la autocrítica

Una visita a la autocrítica

Acudimos a un domicilio para consulta de comportamiento, palabras textuales de la propietaria “es un histérico”. Al entrar al domicilio el perro se lanza hacia nosotros mostrando evidentes señales de amenaza. En pocos minutos conseguimos que el perro deje de vernos como una severa amenaza y podemos avanzar hasta la mesa del salón. Allí iniciando un tanteo y el inicio de la futura entrevista para la extracción de información, preguntamos a la propietaria, por qué cree que ocurre lo que acabamos de presenciar. No duda en responder que es debido a la raza y lo que ocurrió en la perrera antes de ser adoptado. Vuelvo a mirar al perro y si tuviera que apostar por un antepasado suyo diría que hubo algún podenco, todo lo demás serían conjeturas muy arriesgadas. Por cierto, fue adoptado a los dos meses de edad. Resumiendo, tenemos delante un mestizo que lleva cuatro años en esa casa, pero lo que lo volvió “histérico” según ella es la raza y los tres días que pasó a saber dónde. Y no se puso ni colorada.

No es lo habitual, encontrar un caso donde sea tan notorio y evidente que es el día a día en la convivencia con los propietarios lo que está afectando y deteriorando la salud emocional del perro porque no podemos negar que el historial o pasado del perro y la genética son factores importantes en la ecuación del bienestar emocional. Sin embargo, este es un magnífico caso donde si hay un protagonista principal que está interviniendo en el estado emocional del perro y generando problemas en su forma de relacionarse con el mundo es la interacción y las propuestas de sus propietarios hacia él. Es un claro ejemplo donde la responsabilidad de nuestros actos gana a la genética y al pasado del perro.

Será el momento de mostrar al propietario que aspectos podemos cambiar en las rutinas del perro y en las suyas propias. Desde cambios de escenarios más entendibles y sencillos, a actividades más naturales y calmadas como manejos de correas amables y la adquisición por parte del propietario de un rol más de guía paciente y aliado y no de una figura amenazante y autoritaria.

Aquí radica el verdadero amor que tanto nos gusta exhibir por redes sociales y en coloquios animalistas, el sacrificio en cambiar uno mismo en pro de la salud emocional de nuestro perro. Los discursos animalistas, “bienquedistas” están bien para un ratito, pero ya va siendo hora de empezar a valorar formaciones y consultas por ideas y propuestas realizables, entendibles y con una base científica que mejoren a corto, medio y sobre todo largo plaza la vida de nuestros perros.

Otra cosa que debemos dejar muy claro es que los cambios propuestos no van a hacer desaparecer en horas, ni días, las malas prácticas que pueden llevar meses e incluso años haciendo mella en la cabeza del perro. Los patrones de comportamiento que se adquieren en edades tempranas son más difíciles de modificar en edades adultas.

Puede sonar este texto a una crítica feroz a propietarios mal intencionados, nada más lejos de la realidad, es una crítica al desconocimiento de la realidad canina. La falta de entendimiento en comportamientos y necesidades del perro puede provocar interpretaciones erróneas y alejadas de lo que está intentando decir o necesitando hacer nuestro perro.

Este desconocimiento y libre interpretación de lo que acontece en el mundo del perro viene alimentado en gran medida por personajes que deambulan y sobreviven con mensajes imprecisos, carentes de propuestas claras y discursos facilones animalistas que contentan al simplón. A muchos de ellos los reconocerás por auto adjudicarse dones o talentos innatos.

El mundo canino laboral ha creado o inventado una serie de servicios y ofertas de dudosa necesidad o cuanto menos alejadas de las necesidades reales de nuestros perros generando en ellos con frecuencia más perjuicios que beneficios. Actividades estresantes como perseguir platillos o pelotas voladoras durante horas o danzar y saltar hasta que la pirueta sea del agrado humano son ejemplos de cómo podemos estar creando situaciones poco entendibles y antinaturales para nuestros perros que cuanto menos generaran una exigencia y un grado de estrés a su estabilidad emocional.

Una vez escuche a un compañero de profesión hacer el siguiente razonamiento: para saber si una actividad es beneficiosa para nuestro perro debemos cuestionarnos si realmente el perro lo necesita o podría perfectamente vivir sin ella. Lo encuentro muy acertado, pero como entonces le dije, para eso debemos conocer la naturaleza y saber utilizar sus herramientas y comportamientos más ancestrales en pro de un estado emocional que facilite y ayude a relacionarse en el mundo que le rodea. En esos conocimientos y dar prioridad al bienestar del perro radica encontrar que situaciones y actividades deberíamos proponer a nuestros perros. Por si alguien se ha perdido ya, lo podemos simplificar: si propongo activación y excitación voy a facilitar respuestas más impulsivas. Si propongo en el día a día actividades sosegadas y predecibles voy a facilitar respuestas más calmadas y razonadas.

Visitas a peluquerías con demasiada frecuencia o en momentos que el perro no está preparado para determinados manipulados son otro buen ejemplo. Por suerte, a día de hoy, van apareciendo en este gremio profesionales que priorizan cómo lo está llevando el perro y toman medidas para que este tipo de manipulados y situaciones sean lo menos invasivas y estresantes para el perro.

Como no quiero olvidarme de nadie, dejo para el final el gremio estrella, los educadores. Donde mi experiencia y una mirada al pasado consiguen en ocasiones sonrojarme por propuestas propias no tan lejanas en el tiempo como me gustaría. Porque sí realmente hemos entrado en esta profesión para ayudar y mejorar la vida del perro, va siendo hora que seamos autocríticos y analicemos si lo que estamos haciendo o proponiendo está siendo efectivo. Sesiones amables de obediencia y contra condicionamientos por doquier son medallas en mi haber que quedarán para la posteridad. Conductismo y guiado continuo son errores que hoy veo con claridad, pero que solo el paso del tiempo, la experiencia y el replantearte cada día si tu trabajo está resolviendo problemas, son la clave para que haya una evolución a nivel profesional. Puedo presumir eso sí, de no haber propuesto las clases grupales o la evaluación de un perro online, a esto le podría dedicar un libro entero.

Mención especial y final, para todos aquellos que en sus propuestas incluyen las correcciones o cualquier eufemismo que sean capaz de inventar para no llamarlo castigo, por lo tanto, miedo. Como no soy capaz de imaginar personas que amen al perro y al mismo tiempo deseen infligir miedo y dolor en ellos, pienso que no se trata de gente malvada que disfruta de ello, sino que no han recibido la formación adecuada ni han sido capaces de hallar soluciones amables a la problemática canina. Básicamente, pienso que, aunque a veces puedan elaborar discursos de aparente rigor y con un falso tono animalista, estamos ante gente limitada en su profesión.

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